desintegrado

Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen.

Esta ciudad se construyó en una montaña de esperanza.

Me levantaba todas las mañanas desganado para ir a la universidad. Tenía suerte, porque mis amigos que habían colgado los estudios se levantaban para ir a trabajar. Y no en sitios agradables, sino en la obra. Oen un supermercado de reponedores. O de comerciales puerta por puerta (o portazo a portazo).

A mi se me daban bien los números y fui a una escuela de ingeniería. Empollones y pijos, poca gente como yo (fuera lo que fuera lo que era yo). Así que al poco dejé de ir a clase y me quedaba en el barrio, en la biblioteca con dolor de espalda de la montaña de libros que tenía que llevar. Por supuesto, esto sólo lo hacía cuando tenía ganas de estudiar (o porque los exámenes se echaban encima). Si no era así, simplemente perdía el tiempo en casa y en el parque. Mucha música y muchos libros. Algunos porros y algún partido de baloncesto.

Llegaba el fin de semana y los pijos y empollones, y la biblioteca, y la obra o el supermercado quedaban lejos. Todos nos juntábamos para beber, fumar y si cogíamos el autobús o el metro (cuando lo hicieron) a tiempo, ir a aquello que llamábamos un garito, en la ciudad (los polígonos de periferia no eran lo bastante buenos para nosotros). Todos y cada uno de los fines de semana , una y otra vez. Lo divertido era el antes y el después. Sobre todo, la búsqueda del autobús de vuelta a las siete de la mañana, derrotado y cansado, pero acompañado de tu gente y con tu sentido del humor afilado al máximo, porque siempre es lo último que queda.

Pero ir a la ciudad a un bar, a un garito, a donde fuera, era aburrido. Porque ahí había pijos (no empollones en cambio, estos se quedaban en casa), quedaban lejos, pero ahí estaban. Porque las copas eran caras y no sabían igual que tu botellón. Porque tu ropa no venía de Londres, y ellos lo sabían. Porque los polígonos de periferia transpiraban hasta el centro de la ciudad (y ya hemos dicho que no eran lo bastante buenos para tí). Porque tú(en realidad nadie) no querías estar ahí.

De vez en cuando (no muy a menudo para la mayoría de nosotros) conocías a alguna chica y te llevaba a su casa. Y lo pasabas bien, pero la pregunta siempre quedaba en el aire: ¿es necesario tener que ir al bar, al garito, para que tú y yo estemos aquí, en tu casa de la ciudad, desayunando cruasanes que tu madre acaba de traer? ¿Por qué no te puedo conocer en un parque de día (no en mi parque por supuesto, no te preocupes, sino en uno de esos parques bonitos y cuidados del centro)?

Yo era extraño, porque sabía, dentro de mí, que había algo más que eso ahí fuera. Yo creía que era el único que lo sabía(la arrogancia toma formas extrañas), y por eso me iba sólo en los veranos a sitios lejanos, Alemania sobre todo (mi padre, como buen padre profesor preocupado por la educación de sus hijos, me hizo estudiar alemán cuando era pequeño). Mis amigos se iban a Benidorm o a Cádiz, en un remedo del garito en la ciudad, pero con playa. Allí me mezclaba con gente que hablaba otro idioma, pero que iba a clase en la universidad, que no cogía autobuses a las siete de la mañana para volver a casa, y que se llevaban a las chicas a sus propias casas compartidas con amigos (sin padres). Y también españoles, pero pijos y empollones, de los que yo no quería saber nada cuando estaba de vuelta en mi Universidad(y en la distancia, también me confirmaban que no quería saber nada de ellos).

Con los años me di cuenta, los demás también sabían que había un mundo más allá del que conocíamos. Pero también sabían que nunca formaríamos parte de ese mundo lejano.

Dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar, pero a algunos, nos deja fuera de todo, lejos de todo.